Cartas do Mundo

Carta do México: Crónica de una epidemia personal

 

09/08/2020 14:31

(Carlos Tischler/Eyepix Group/Barcroft Media/Getty Images)

Créditos da foto: (Carlos Tischler/Eyepix Group/Barcroft Media/Getty Images)

 
Estimado amigo. Tiene tiempo que no te escribo. Espero que no pienses, porque no es ni remotamente mi intención, que se debe a desidia o desinterés. Durante las últimas semanas, lo sabes bien, la pandemia global que asola nuestro planeta y ha transformado radicalmente la manera en la que vivimos ha llegado a nuestros países. Al principio parecía algo lejano, ajeno, algo que sería recordado como una anécdota en las cenas familiares. Pero poco a poco, la enfermedad fue cerrando el cerco. De pronto, escuchabas sobre algún conocido que había enfermado, el familiar anciano de otra persona, el tío precarizado que moría por la brutal desigualdad de nuestras tierras. Y cada día agradeces que no suceda a los que te rodean. Te cuidas, lo mejor que puedes bajo las condiciones existentes, y en un principio, piensas, todo saldrá bien para los tuyos. Pero no siempre es así.

Mi padre, Héctor Tapia, se enfermó hace poco más de un mes. En un principio, existía en él una negativa a tomar las medidas necesarias como algo serio. Había, lo sé bien, una suerte de temor en ello. Era el reto valentón que pretende escapar mediante la confrontación directa; la forma mexicana por excelencia, de ser “un hombre”. Pero mientras los contagios crecían –ya esa querida amiga de la infancia que se encuentra delicada, el compañero que se decantó hacia la ciencia cuando éramos jóvenes- poco a poco, fue tomando una mínima conciencia del peligro, real, presente, terrible.

En un principio, su enfermedad no se diferenciaba mucho de una gripe. Pero desde el primer momento él lo supo. La sensación que tenía era algo que nunca había tenido, los dolores del cuerpo que luchaba y sobre todo, una sensación total de malestar que le era desconocida. Se aisló en casa, con optimismo por su buena salud, que era de sobra conocida por todos y las posibilidades que aún existían. Pero no hubo, ni por un momento, mejora alguna. Cada día, su semblante era más pálido, sus ojeras más grandes, su cuerpo más débil. Los médicos insistían en medicamentos paliativos y dejar actuar al cuerpo, porque nuestro conocimiento no proporciona mayores posibilidades en estos momentos. Hasta que comenzó a tener problemas para respirar. Entonces vinieron las máquinas, los medicamentos y los especialistas. Pero nadie logró hacer nada. Mi padre, mi mejor amigo, mi compañero, falleció a principios de semana, después de haber luchado más de tres semanas contra el virus. Y dejó, en mi alma, uno de los más grandes vacíos que tendré nunca.

Estos momentos son, supongo que lo entiendes, los más solitarios que he tenido hasta este momento de mi vida. Su partida, que me parece evitable ahora, me llena de un terrible enojo, de una desesperante sensación de injusticia y una rabia callada, oculta, casi subterránea, que va carcomiendo cada momento de mi día. Hay, sin embargo, dos reflexiones que me gustaría hacer en esta carta, deseando que ni tu ni los tuyos tengan que pasar por esto en el futuro inmediato. La primera, tiene que ver con el lento y cada día más claro desmantelamiento de los sistemas de salud de nuestros países, periféricos en el modo de producción capitalista, dependientes, debido a la disparidad tecnológica desarrollada de manera sistemática por las naciones centrales y que sirven, bajo ese régimen, como potencias regionales intermedias para mantener controles latinoamericanos que nos supediten de manera efectiva.

El caso mexicano podría ser considerado paradigmático para observar el proceso de las políticas neoliberales a nivel mundial. Después de todo, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que surgió en 1917 como un acuerdo para apuntalar institucionalmente a la Revolución Mexicana, fue la primera a nivel mundial que colocó de manera positiva, la existencia de derechos sociales. El acceso a la educación y la salud pública, la posesión y tenencia de la tierra comunal y campesina, la regulación del trabajo y los derechos del trabajador a nivel constitucional, son principios y normas que encontraron su primer hogar en nuestra Constitución. El sistema de salud mexicano, deficiente como no podría ser de otra manera, a veces heroico porque no podría construirse de forma diferente, se apuntaló como un ejemplo para el mundo.

A pesar de ello, desde la década de los ochenta, es posible observar un lento, progresivo y al parecer inevitable desmantelamiento del sistema de salud público de mi país. En esto tiene una cabida enorme, claro está, las contradicciones internas que de él surgieron; la famosa rigidez del sistema de acumulación fordista en su modelo de “estado desarrollista” que fue, en nuestro caso, llamado el “milagro mexicano”, la verticalización de las relaciones laborales y sindicales, el aumento de presión hacia el estado en materia económica, etc.; pero también y debe decirse especialmente, se derivó de una transformación de la idea, la visión y la centralida discursiva del papel del estado y la separación de lo “público” y lo “privado” que se dio a partir de las grandes crisis flexibilizadoras desde mediados de los setenta y que recibe por nombre, aquello que según la derecha, no existe porque no puede tocarse como la fruta de un árbol: el neoliberalismo.

En un estado pleno, fortalecido y seguro, resulta probable pensar que mi padre no habría muerto. Él tuvo la mejor atención que se pudo conseguir, con privilegios sociales indudables y especialmente, con medicamentos, material médico y análisis adecuados. Pero sin una centralización de la toma de decisiones, sin un soporte suficiente de un estado, sin condiciones de vida cotidiana adecuados, esta pandemia no puede simplemente ser superada. Las condiciones estructurales que han hecho en mi país, un número de víctimas totales que nos coloca en tercer lugar mundial, sólo detrás de Estados Unidos y Brasil, muestra con claridad lo que digo. La salud y el sistema nacional público de ella, tiene que ser una parte central de nuestra vida en común. Más hospitales, más médicos, mejor preparados, socialmente mejor valorados, una educación integral en términos de salubridad, más cuidados preventivos y mejoras sustanciales en la manera en que vivimos, comemos, descansamos y existimos, son no sólo necesarios, sino indispensables.

Contra la simplona idea desarrollada por algunos críticos, ya de derecha o de izquierda, tenemos que observar que las muertes por esta pandemia se deben, principalmente, a una situación de abandono social del aspecto comunitario de la salud y no simplemente a decisiones tomadas en lo inmediato. Necesitamos modificar esto de una manera total, absoluta e inmediata, si queremos sobrevivir no a esta enfermedad, sino a las nuevas condiciones de vida que surgirán a partir de ella. Con un estado fuerte, con un sistema preparado para ello, con una sociedad anclada en la idea de proteger al otro, basándonos para ello en conocimientos reales y efectivos, muchas y muchos de quienes han muerto, estarían ahora con nosotros.

Algunos elementos mínimos, se han dado en nuestro país ya. Un mínimo vital universal para personas adultas mayores, un sistema de apoyo para jóvenes, la modificación del sistema de salud y especialmente, la reciente prohibición de venta de productos “chatarra” son muestra de ello. Considero, claro está, que estos pasos no son suficientes, aunque en la respuesta, totalmente enardecida, de las élites podemos observar su efectividad. Existe aún un terrible abandono del personal médico, que actúa de formas heroicas que no deberían exigirse a nadie en una sociedad democrática; hay una falta total de insumos, provocada, en muchas ocasiones, por autoridades intermedias que pretenden obtener ventajas políticas y económicas con ello. Sé muy bien que otras medidas podrían haberse tomado en mi país para luchar contra la epidemia y las razones prácticas por las que varias de ellas no se han realizado. Sé, incluso mejor, por qué la derecha exige hipócritamente, no sólo esas medidas muchas veces imposibles, sino también y necesariamente, la limitación de derechos, su restricción, su eliminación incluso para luchar “efectivamente” contra ella.

La segunda reflexión que me gustaría hacer, es sobre la cantidad, inimaginable, de charlatanes que se acercaron a nosotros en este trance. Recibimos, por contactos directos o bien, a través de gente bien intencionada, un numero increíble de productos milagro que afirmaban, curarían a mi padre de esta dolencia. Entre ellos, el más repetido fue el “dióxido de cloro” o MMS (suplemento mineral milagroso) que, de acuerdo a quienes lo recomendaban, era un producto con resultados sorprendentes, pero prohibido por la mafia farmacéutica debido a su baja posibilidad de negocio.

No me queda duda alguna, que mucha de la gente que se acercó a nosotros, lo hizo con las mejores de las intenciones. No sólo estaban llevando un producto, sino también, a su forma, intentaban salvar a mi padre. El dióxido de cloro, me dijeron, había demostrado en varios estudios su efectividad y existían cientos y cientos de relatos, sobre la eficacia comprobada del mismo. Si había un silencio en los medios tradicionales, era debido a un bloqueo mal intencionado, que ya por generar un mecanismo de control específico o bien, para beneficiar económicamente a alguna élite, no permitía que la gente “supiera”.

Resulta importante mencionar que esta serie de creencias son, exactamente, una muestra más del abandono del aspecto comunitario de la salud pública. Una correcta educación, incluso mínima, sobre ciencia básica o medicina, lleva a cualquiera a percatarse de los problemas metodológicos de los supuestos estudios, de la inutilidad de su evidencia anecdótica y de la existencia de un efecto placebo enorme. Cualquier meta análisis sistemático, cualquier ensayo clínico con controles adecuado, establece exactamente lo mismo: el mms es peligroso, incluso tóxico y genera, aún en aquellas personas que se salvan del coronavirus (porque su cuerpo ha efectivamente vencido a la enfermedad) secuelas que serán visibles en un futuro próximo.

La popularidad de este producto se debe a Andreas Kalcker, un auto nombrado científico alemán que, sin contar con los conocimientos y la validación profesional adecuada, afirma haber desarrollado un procedimiento para utilizar lo que no pasa de ser un limpiador industrial, de manera segura (reduciendo al mínimo la dosis) para el consumo humano. Curiosamente, su trabajo no ha sido desarrollado en Alemania, donde seguramente para estos momentos estaría ya bajo custodia, ni en ningún país de Europa, con sus rígidos controles institucionales, sino en América Latina, aprovechando para ello su ciudadanía europea y el poder simbólico y material que le acompaña. Sus triunfos máximos según aquellos que creen en él, son haber recibido un apoyo por parte de una parte mínima del gobierno de Bolivia (pero no por el organismo encargado de la salud) y la no prohibición (aun) de su producto en otros países de nuestra región.

En mi país, cada día más, personalidades del medio del espectáculo, comentadores de ocasiones e incluso profesionistas de la información, comienzan a generar la idea de que intentar esta solución no hace daño a nadie y podría traer beneficios. Pero no es así. En ellos está, como lo estuvo en mi padre al inicio de su enfermedad y como lo está en todas y todos nosotros aún ahora, un sentimiento de impotencia por encontrarnos con algo que no podemos combatir efectivamente. Tenemos miedo y ellos, han encontrado en ese miedo a su más grande aliado.

Ante esta idea, quisiera remarcar que las condiciones existentes para el abandono de nuestros sistemas de salud, se reproducen como características de la popularidad de esta cura milagrosa. Cada país, debemos tenerlo claro, tiene sus propios problemas en materia de pseudociencia; en Inglaterra, algunas personas han quemado torres de telefonía por pensar que son las causantes de la pandemia; en Portugal, la mayoría de la gente está convencida de que el virus ha salido de un laboratorio chino y que tiene por intención la conquista del mundo, en Estados Unidos, muchas y muchos asumen que medicamentos que no tienen relación alguna con la enfermedad, son remedios adecuados y que las máscaras y el distanciamiento social, únicas herramientas con las que disponemos, son la entrada a un nuevo “orden mundial”. Todas estas formas distorsionadas, son el claro resultado de una separación total de la población con los temas básicos de la ciencia moderna, con la comprensión, perfectible y limitada, que la ciencia nos proporciona y el abandono hacia formas falsas, aunque reconfortantes de las mentiras, muchas veces mal intencionadas de gente que pretende obtener ventajas, económicas, políticas o simbólicas, a través de ellas.

La muerte de mi padre es y será, siempre, uno de los más tristes momentos de mi vida. El vacío que siento, un vacío que comparten 50 mil familias ya en mi país y que desgraciadamente sufrirán muchas más, ha dejado claro que no bastan las buenas intenciones para transformar las condiciones estructurales de nuestra sociedad. No podemos, sin embargo, permitir que los charlatanes se valgan de nuestro dolor y nuestro miedo para obtener beneficios. Ni aquellos que intentan vender curas milagrosas, ni aquellos que, después de haber estado en el poder y llevar a nuestro país a estas condiciones, cínicamente culpan al gobierno actual y su manejo de la epidemia como únicos responsables de lo que sucede.

Debemos ahora, que luchar contra las múltiples epidemias que asolan nuestros países. El coronavirus no se ha ido, ni se irá en todavía mucho tiempo. Nuestro conocimiento sobre él, resulta aún insuficiente para hacerle frente. Pero junto a él, se desarrollan otras epidemias: el racismo y el clasismo suben cada día más en nuestra sociedad, amedrentada; la lucha, constante y nunca detenida en contra de nuestros derechos, la xenofobia, la desinformación y la ignorancia. Si no luchamos contra estas dolencias, la enfermedad social que se generará será más dura, cruda y peligrosa que la que combatimos ahora. Y creo, en verdad, que es nuestra obligación hacerlo.

Sé que entenderás lo largo de mi carta. Lamento, por el momento, no tener mejores noticias que darte desde México. Pero mi corazón se hermana con el tuyo, porque ustedes y nosotros, estamos juntos en este camino.

Saldremos adelante. Por él, y por los que se fueron.

Saldremos.

Sergio Martín Tapia Argüello é pesquisador de doutorado no Centro de Estudos Sociais da Universidade de Coimbra e membro do Grupo Latino-Americano de Pesquisa em Direito Crítico da Universidade Nacional Autônoma do México. Seu trabalho gira em torno de uma visão crítica dos direitos humanos e do ensino da lei






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