Desde el punto de vista de los EEUU, Cuba les pertenece

 

19/07/2021 17:38

(Alexandre Meneghini/Reuters)

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En aquellos primeros días de 2008, parecía inminente bajada de tensión en las relaciones de los Estados Unidos con Cuba. Fidel Castro declaró que no aceptaría ser reelegido en la presidencia del Consejo de Estado cubano. A su vez, Barack Obama empezaba a eclipsar el legado de George W. Bush y declaraba que, de ser electo, se reuniría con el que fuera el nuevo líder cubano. Había grandes expectativas en todo el mundo sobre una posible nueva relación entre los dos países.

Sin embargo, esta situación no estaba en el horizonte del profesor José Luís Fiori. En un artículo para el diario Valor Econômico, en febrero de 2008, el académico advirtió que hasta aquel entonces la historia había mostrado lo contrario. Se mantenía el deseo de atraer a la isla al mando estadounidense, conocido desde 1819: “desde el punto de vista estadounidense, Cuba les pertenece”. Por ello, lo más probable sería que los Estados Unidos no renunciara a la idea de retomar el control de la isla, y que Cuba seguiría resistiendo a esa atracción gravitacional de su vecino.

En este momento en que vuelve a subir la temperatura del conflicto, vale la pena leer lo que dijo Fiori, por lo que Carta Maior reproduce su artículo.

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Estados Unidos y Cuba

Por José Luís Fiori


Pasó justo después de la conquista de Florida en 1819. Estados Unidos tenía solo 40 años y su territorio no se extendía más allá del río Mississippi. El presidente entonces era James Monroe aunque fue su secretario de Estado, John Quincy Adams, quien habló por primera vez de la atracción estadounidense por Cuba. Cuando dijo, en una reunión ministerial del gobierno de Monroe, que “hay leyes en la vida política que son las mismas que las de la física gravitacional: y por esta razón, si una manzana es cortada de su árbol nativo – por la tormenta – no tendrá más qué hacer sino caer al suelo; al igual que Cuba, al separarse de España, no tendrá más qué hacer sino gravitar hacia la Unión Norteamericana. Y según esta misma ley de la naturaleza, los estadounidenses no podrán desechar esa oportunidad” [1]. En ese momento, el deseo de Quincy Adams no era todavía el de conquistar a la isla, sino que de preservarla, por lo que ordenó a su embajador en Madrid que comunicara al gobierno español “el repudio estadounidense a cualquier tipo de traspaso de Cuba a manos de otra potencia”.

En 1819, la capacidad estadounidense para proyectar su poder más allá de sus fronteras nacionales era todavía muy pequeña, pero la declaración de Quincy Adams hizo explícito un deseo y anticipó un proyecto, que se realizaría plenamente a partir de 1890. A principios de esta década, el almirante Alfred Thayer Mahan publicó un libro clásico [2] que ejerció una inmensa influencia en la élite gobernante estadounidense. Sobre la importancia del poder naval, y de las islas del Caribe y del Pacífico, para el control de los océanos y la expansión de las grandes potencias. Poco después, Estados Unidos anexó a Hawái en 1897, y al año siguiente ganó la Guerra Hispanoamericana, conquistando Filipinas y Cuba, además de otras islas del Caribe, donde establecieron en esos territorios un sistema de “protectorados”, una forma de gobierno compartido. Poco después de aquella victoria sobre España, el presidente William McKinley repitió ante el Congreso estadounidense, en diciembre de 1898, la vieja tesis de Quincy Adams: “la nueva Cuba debe estar ligada a nosotros los estadounidenses, por lazos de particular intimidad y fuerza, para asegurar su bienestar de forma duradera” [3]. Y eso fue lo que pasó: los cubanos aprobaron su primera Constitución independiente, en 1902, pero tuvieron que anexar a su texto una ley aprobada por el Congreso estadounidense e impuesta a los cubanos en 1901 – la Enmienda Platt – que definió los límites y condiciones del ejercicio de la independencia de los isleños. Los Estados Unidos mantuvieron bajo su control la política exterior y económica de Cuba, y se garantizó el derecho de intervención estadounidense en la isla, “en caso de amenaza a la vida, propiedad y libertad individual de los cubanos” [4]. En 1934, la enmienda Platt fue abolida y reemplazada por un nuevo tratado entre los dos países, que aseguró el control estadounidense de la Base Naval de Guantánamo y garantizó la tutela estadounidense durante el largo período de poder de Fulgencio Batista, quien asumió el gobierno de Cuba en 1933 a bordo de un crucero estadounidense, y luego gobernó Cuba de forma directa o indirecta hasta 1959.

Después de la Revolución Cubana de 1959, sin embargo, la isla dejó de ser la “manzana” de Quincy Adams, sin dejar de ser el “objeto de deseo” de los estadounidenses. El nuevo gobierno revolucionario se hizo cargo de su economía y política exterior, lo que provocó la inmediata y violenta reacción de Estados Unidos. Primero fue el “embargo económico”, impuesto por la administración Eisenhower en 1960, y poco después, la ruptura de relaciones diplomáticas en 1961. Luego fue la administración de John F. Kennedy que promovió y apoyó la frustrada invasión de Bahía de Cochinos, la expulsión de Cuba. de la Organización de Estados Americanos (OEA) y varios ataques contra líderes cubanos. En un primer momento, Estados Unidos justificó su reacción, como defensa de las propiedades estadounidenses expropiadas por el gobierno cubano en 1960, y como contención de la amenaza comunista, ubicadas a 145 kilómetros de su territorio. Pero después de 1991, con el fin de la URSS y de la Guerra Fría, Estados Unidos mantuvo y amplió su ofensiva contra Cuba, con la excusa de actuar en nombre de la democracia, y pese a que mantuvo relaciones amistosas con Vietnam y China. Entre 1989 y 1993, en pleno apogeo de la crisis económica provocada por el fin de sus relaciones preferenciales con la economía soviética, los gobiernos de George Bush y Bill Clinton intentaron dar un jaque mate a Cuba, prohibiendo las empresas transaccionales estadounidenses establecidas en el exterior de hacer negocios con los cubanos, y luego, imponiendo sanciones a las empresas extranjeras que hicieran negocios con la isla, a través de la Ley Helms-Burton de 1996.

Esta precoz atracción y permanente obsesión de Estados Unidos no permite grandes ilusiones en este momento de cambio en ambos países. Desde el punto de vista estadounidense, Cuba les pertenece y está incluida en su “zona de seguridad”. Además, a los ojos de la Casa Blanca, la posición soberana de los cubanos convierte a la isla en un potencial aliado de países que se proponen ejercer influencia en el continente americano, de forma a competir con los Estados Unidos. Finalmente, Cuba ya se ha convertido en un símbolo y una resistencia que en sí misma es intolerable para sus vecinos estadounidenses. Por ello, el principal objetivo de Estados Unidos, en cualquier negociación futura será siempre el de debilitar y destruir el núcleo duro del poder cubano. Por su parte, Cuba no puede ceder el poder que ha acumulado desde su posición defensiva y su victoriosa resistencia. La hipótesis de una “salida china” a Cuba es poco probable, porque es un país pequeño, con baja densidad poblacional y una economía que no cuenta con la masa crítica necesaria para una relación complementaria y competitiva con los norteamericanos. Por ello, a pesar de la movilización internacional a favor de cambios en las relaciones entre los dos países, lo más probable es que Estados Unidos mantenga su obsesión por castigar y acechar a Cuba; y que Cuba permanezca a la defensiva y luchando contra la ley de la “gravedad caribeña”, formulada por John Quincy Adams en 1819.

Febrero de 2008

[1] W.C. Ford (ed), The Writings of John Quincy Adamas, , Mac Millan, New York , vol VII, P: 372-373

[2] Mahan, A.T. (1890/1987) The Influence of Sea Power upon History 1660-1873, Dover Publication, New York

[3] Pratt, J. A (1955) History of United States Foreign Policy, The University of Buffalo, p:414

[4] Pratt, J. A (1955) History of United States Foreign Policy, The University of Buffalo, p:415






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