Mídia

"La demonización de los medios empezó con Nixon"

Charles Ferguson, Asesor político de la Casa Blanca y tecnológico para empresas como Apple, se pasó años olfateando la estructura de poder estadounidense antes de dar el salto tras la cámara

08/03/2019 17:25

(Sony Pictures)

Créditos da foto: (Sony Pictures)

 
Charles Ferguson (San Francisco, 1955) tan solo ha dirigido cuatro películas, pero no le ha hecho falta ninguna más para conseguir ser considerado uno de los documentalistas más influyentes de su generación. Asesor político de la Casa Blanca y tecnológico para empresas como Apple, se pasó años olfateando la estructura de poder estadounidense antes de dar el salto tras la cámara.

Su debut fue más que notorio. Con la indispensable No end in sight (2007), premiada en Sundance, retrató los entresijos de la administración Bush en su planificación de la guerra e invasión de Irak, un despropósito burocrático que documentó quirúrgicamente. Poco después, EE.UU. fue golpeada por otro descalabro mayúsculo, una estafa financiera plagada de corrupción que arrastró a todo el planeta. Con Inside Job (2010), un magistral y didáctico documento de investigación sobre la crisis económica, obtuvo un Oscar al mejor documental.

Consagrado como referencia en el cine de no ficción, Ferguson chocó con la frustración de dos proyectos fallidos, uno para HBO sobre Julian Assange y otro para CNN sobre Hillary Clinton, cancelado tras recibir amenazas desde el Partido Demócrata de la entonces candidata a la presidencia y de los republicanos. Tras superar ese capítulo abordó otra crisis institucional enquistada, el cambio climático, en Time to Choose (2015). Desde entonces se sumergió en los archivos del pasado para recuperar cada detalle del caso que tumbó al presidente Richard Nixon en Watergate o cómo aprendimos a parar a un presidente fuera de control, un ambicioso documental de cuatro horas y 20 minutos que presentó estos días en el Festival Internacional de Cine de Berlín, la Berlinale.

En esta conversación, aquejada por las prisas de toda première, hablamos sobre su nuevo proyecto, la influencia de Nixon en la política estadounidense, la crisis del periodismo y la inevitable lectura del Watergate con los ojos puestos en el actual inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump.

Comparando ‘Watergate’ con sus trabajos anteriores, ¿diría que ha sido más fácil obtener información? Al fin y al cabo, Nixon es probablemente el presidente estadounidense más analizado psicológicamente de la historia.

Por una parte fue más fácil, y por otra más difícil. Fue más fácil en el sentido de que ya había pasado todo, así que había un amplio archivo histórico, mucho material audiovisual; el Watergate fue ampliamente documentado mientras ocurría.

Por otra parte, mucha de la gente con la que me hubiera gustado hablar ya ha muerto, buena parte de los que aún están vivos se encuentran en un estado de salud grave, y otros se han mostrado reacios a aparecer en el documental. En el fondo no es la primera vez que me pasa (risas). En definitiva, las figuras más relevantes de esta historia, Nixon, muchos de los que estaban a su alrededor y que fueron a la cárcel, los fiscales del caso, han muerto todos.

Hay una gran cantidad de conversaciones que fueron grabadas en cinta que en Watergate se muestran reinterpretadas por actores. ¿Por qué creyó que ese método era el más adecuado para transmitir esa información al espectador?

Espero que realmente fuera la decisión correcta, yo creo que lo fue. El problema es que las cintas están en mal estado, y el sonido es de una calidad muy baja. En muchos casos son difíciles o imposibles de comprender, y para transcribirlas ha hecho falta tecnología muy avanzada y que expertos las revisen docenas y docenas de veces. Las personas que aparecen en ellas utilizan un lenguaje errático, abren un tema, se desvían de la conversación y vuelven a él al cabo de media hora, se interrumpen, entra y sale gente de la sala…

Hubiera sido muy difícil usar las cintas por sí mismas y que el mensaje llegara de forma comprensible al espectador. Así pues, me pareció que sería más sencillo para el espectador usar actores. Me aseguré de que la interpretación de las transcripciones era precisa; no modifiqué ni añadí nada, pero sí que eliminé digresiones para que todo fuera directo al grano de forma clara y comprensible.

Más que el celebrado estilo retórico de Ronald Reagan, discursos de Nixon como el de Checkers fueron un punto clave en la retórica populista del conservadurismo estadounidense, usando esos términos de “soy un tío normal, como todos vosotros, y la élite y los medios de comunicación me persiguen, es todo una conspiración”. El documental apunta claramente a ello.

Sí, quería mostrarlo. Podría haber entrado mucho más en detalle. El modo en que Roger Ailes, que en 1968 tenía tan solo 26 años, construyó la personalidad televisiva de Nixon fue muy inteligente, y dejó poso en la política norteamericana. También hubo muchas otras cosas, como la demonización de los medios, la lucha contra las élites… Muchas de estas cosas que tienen presencia en nuestra política actual empezaron con Richard Nixon.

Parece que ahora es un muy buen momento para hablar de “cómo frenar a un presidente fuera de control”.

Esa no era mi intención en un principio. Empecé a hacer este documental mucho antes de que nadie pudiera imaginar que Donald Trump sería siquiera candidato a la presidencia, y mucho menos presidente. Todo esto sucedió durante la realización de la película, y por supuesto tomamos nota de los hechos y el filme se vio afectado en consecuencia; no porque yo tuviera ninguna intención de darle una tendencia política, sino porque al principio existía un tono desenfadado, de diversión, dentro del thriller político, y me di cuenta de que eso no era apropiado. Era necesario que abordara la temática de un modo serio y cuidadoso, porque mucha gente iba a leerlo como un comentario sobre la actualidad.

Viendo el documental da la sensación de que también se habla del periodismo, del trabajo de Bob Woodward y Carl Bernstein, de que se mira cuarenta o cincuenta años atrás para no olvidar que había una manera mejor de hacer las cosas.

No estoy seguro de eso. Sin duda, el periodismo de hoy en día es muy diferente y los medios de comunicación sufren una gran presión económica y política, pero sigue habiendo grandes periodistas realizando una labor impecable, así que no soy del todo pesimista en cuanto al rol de los medios.

Sin duda hay problemas como la fragmentación, que hace que hoy el público pueda elegir exponerse solamente a opiniones con las que ya estaba de acuerdo de entrada, pero creo que aún hay gente haciendo un gran trabajo.

*Publicado originalmente em Revista Contexto



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