Poder e Contrapoder

Cuestiones de interés político sobre China y América Latina

 

28/02/2021 14:23

(Kim Kyung-Hoon)

Créditos da foto: (Kim Kyung-Hoon)

 
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1. Permítanme comenzar con una cuestión ineludible para América Latina. Hace dos décadas nuestras relaciones económicas, financieras y políticas con China eran muy poco relevantes, pero en la actualidad ellas juegan un papel decisivo en el presente de todos los países del continente y en el proceso de construcción de su futuro, aunque eso se aplique de forma variada según el país considerado.

2. Brasil (como el resto de América Latina) se vio muy afectado por la pandemia de Covid 19 y su impacto económico no fue aún más destructivo debido al efecto del auxilio de emergencia entregado por el Estado – aprobado en el Congreso con un valor tres veces más grande que el ofrecido por el gobierno de Jair Bolsonaro – y la fuerte demanda china, que impulsó las exportaciones brasileñas. Por otro lado, la pandemia también dejó al descubierto un lado inquietante de la relación que Brasil tiene con el gigante asiático, ¡aunque no solo este país! Hablamos de la extrema dependencia de la importación de insumos farmacéuticos para garantizar el suministro de vacunas, que son fundamentales para superar la crisis sanitaria.

3. Este no es un caso aislado. Incluso en el apogeo del ciclo de crecimiento interrumpido por la crisis mundial de 2008, los observadores críticos alertaron para lo que les parecía una tendencia preocupante hacia la desindustrialización y la reprimarización de la economía brasileña. Dejando a un lado las divergencias entre los expertos, en la primera mitad de la década posterior, la intensificación de la crisis en Europa y la desaceleración del crecimiento en China produjeron dos efectos nocivos para las economías latinoamericanas: el fin del boom de las materias primas y la inactividad industrial, que provoca el recrudecimiento de la competencia internacional, particularmente brutal en los segmentos de tecnología de intensidad media.

Desde entonces, la economía brasileña ha entrado en un verdadero infierno astral, como resultado de las opciones de política económica adoptadas y la propia evolución de la crisis política. Mientras tanto, la tendencia hacia la desindustrialización se ha intensificado drásticamente. Luego, hemos asistido a un proceso de retroalimentación a través del cual el mayor dinamismo económico de la agroindustria se traduce en aumentos del poder político, al punto que voces autorizadas pasan a defender la añeja idea de que Brasil debe dedicarse a la agricultura y la extracción, explorando sus ventajas comparativas con sabiduría. En este contexto, la relación con China, con el escenario que la caracteriza hoy, se ha vuelto eminentemente ambivalente: aunque vital para mantener el ritmo de la actividad económica, al mismo tiempo es una trampa que nos condena, como nación, a un futuro de pobreza. desigualdad y sujeción.

4. El aumento de la presencia china en América Latina es resultado de su impresionante ciclo de crecimiento del país asiático, pero también de las características estructurales de su economía, con énfasis en su fuerte dependencia de la importación de recursos naturales y bienes primarios.

5. Pero sus implicaciones están fuertemente condicionadas por la posición de China en el sistema internacional. A diferencia de las otras dos grandes potencias económicas que la precedieron, Alemania Occidental y Japón, China no ha sido parte de la “comunidad de seguridad” estructurada y dirigida por Estados Unidos desde los inicios de la Guerra Fría. Y no solo eso: aunque se incorporó a la OMC (Organización Mundial de Comercio) en 2001, bajo auspicio de los Estados Unidos, sea cual sea el concepto que se utilice para definir su organización socioeconómica (socialismo, capitalismo de Estado, o lo que sea), es un hecho que China está mal acomodada en la “economía de libre mercado” que rige el orden capitalista neoliberal implantado a escala planetaria al final de aquella misma Guerra Fría. A pesar de todos los esfuerzos de sus líderes en sentido contrario (“peaceful rising strategy”), la combinación de estos tres atributos da al crecimiento explosivo de China un claro contenido geopolítico.

5.1. Expresiones de este hecho son, por un lado, la resistencia china a apoyarse en “soluciones de mercado” para asegurar la oferta regular y creciente de los bienes que demanda su economía, y por otro las constantes tensiones con los Estados Unidos, que hace mucho vienen denunciando a China por robo de propiedad intelectual y manipulación cambiaria, entre otras críticas.

5.2. Durante mucho tiempo, estas fricciones han sido mitigadas por la prevalencia de un enfoque integracionista de la política china en los Estados Unidos (engagement approch: la idea de que la integración en el orden económico neoliberal conduciría naturalmente al cambio deseado en los patrones de organización económica y política de China). A principios de la última década, la confianza en esta hipótesis se estaba debilitando. El pivot asiático de la Secretaria de Estado Hillary Clinton (2010) y poco después el TPP (Trans-Pacific Partnereship) son manifestaciones claras de este hecho. Como se vio en el debate político sobre la celebración de dicho Tratado en los Estados Unidos, más importante que los magros beneficios comerciales prometidos, lo que se buscaba con él era el establecimiento de un conjunto de reglas preferenciales del tipo “OMC plus”, que no dejaría a China sin más remedio que adaptarse para ser aceptado en el club.

5.3. Durante la administración Trump, vimos un supuesto cambio de enfoque, no solamente en su equipo. China pasó a ser definida como un “competidor estratégico” y se convirtió en el objetivo de una política agresiva de contención y reversión. De igual forma, la presencia china en América Latina, considerada hasta entonces inofensiva o incluso beneficiosa, ahora se percibe como una amenaza, por lo que pasó a ser tratada por la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 y en numerosos documentos de políticas posteriores.

6. El cambio político que se está produciendo en el subcontinente en la segunda mitad de la última década no es ajeno a este movimiento. Se ha manifestado en innumerables países, pero el escenario privilegiado del enfrentamiento fue Brasil, donde los factores “internos” y “externos” siempre caminaron de las manos. En efecto, el golpe político que derrocó a Dilma Rousseff fue un veto a muchas cosas, pero entre ellas – y no en último lugar – al proyecto de integración regional patrocinado por nuestra diplomacia y en general a la pretensión brasileña de alzarse como actor relevante en el gran juego de la política mundial.

7. Es necesario poner este hecho en el centro de la reflexión, porque atraviesa el espacio de los temas que nos interesan. En efecto, considerada en abstracto, la situación de competencia estratégica entre grandes potencias no nos parecería desfavorable. Si compiten entre sí, nuestras chances aumentan. Sabemos que la realidad es más compleja, porque la rivalidad entre las grandes potencias puede (suele) producir diferentes respuestas en los estados de la región – que tratábamos de integrar. Pero la hipótesis se ve aún más abalada cuando abandonamos el supuesto tácito de que cada Estado reacciona en bloque a los estímulos del entorno internacional. Cuando nos damos cuenta de que no es así y que no solo estamos insertos en el mundo, sino que llevamos al mundo dentro de nosotros, fácilmente entendemos que además de contribuir a la fragmentación regional, la llamada rivalidad puede tener efectos políticamente disruptivos en cada país.

8. Preguntas políticamente interesadas. Antes de proceder a su formulación, conviene indicar la dirección de tal interés. América Latina es históricamente una de las regiones más desiguales del mundo, y Brasil se encuentra entre los primeros en esta desafortunada competencia. Además, sufre de un débil desempeño económico y ahora ve fortalecidos los lazos de dependencia que siempre han marcado su condición en el mundo. El interés político informado por las preguntas que hacemos sobre la relación entre China y América Latina surge de la confluencia de estas tres observaciones y se descompone en tres imperativos: emancipación social; autonomía nacional y prosperidad económica. Conscientes de las diferencias horarias políticas entre los países de la región, damos por sentado que la promoción de tal interés solo se realizará plenamente como parte de un proceso compartido de emancipación.

9. Por lo tanto, la conclusión es la siguiente: ¿en qué medida y de qué manera la relación con China puede afectar positiva o negativamente este proceso?

10. Evidentemente, no existe una respuesta única a esa pregunta. El significado económico y político de la relación con China varía según las características y circunstancias de cada país. Pero la pregunta general se puede descomponer en preguntas más específicas, algunas de las cuales están disociadas de las particularidades de cada país.

11. En este sentido, las preguntas a realizar se dividirían en tres grupos.

El primero de ellos se centraría en China propiamente dicha y su inserción en el mundo. Temas relacionados con sus condiciones económicas, sociales y políticas; sobre su desarrollo y políticas de seguridad y defensa; sobre sus relaciones con su entorno inmediato – énfasis aquí en la relación con Japón, las dos Coreas, India y Pakistán; relación entre China y la Unión Europea y su alianza con Rusia. Además de todos estos casos, está la rivalidad hegemónica entre China y los Estados Unidos.

El segundo se centraría en las relaciones entre China y América Latina. ¿Cuál es el lugar de América Latina en la gran estrategia china? ¿Cómo evaluar las iniciativas de alcance regional de China? ¿Cómo ven la política china los analistas y los gobiernos de la región?

El tercer grupo estaría dirigido a diferentes países de América Latina. Evolución y patrón actual de las relaciones económicas con China; su peso relativo, su marco institucional – por ejemplo, Chile tiene un acuerdo comercial de libros con China desde 2006, mientras que Paraguay, aunque es un importante país exportador de soja a China, no mantiene relaciones diplomáticas con el país asiático, por reconocer a Taiwán como un país independiente –; la calidad de la relación establecida con China por los diferentes gobiernos, y el posicionamiento de las fuerzas políticas relevantes en relación a la presencia china.

Las preguntas decisivas surgen en la intersección de los dos últimos grupos, y se pueden resumir en dos grandes interrogantes: ¿en qué medida China puede contribuir a fortalecer gobiernos y movimientos interesados %u20B%u20Ben la defensa y profundización de la democracia en América Latina? ¿En qué medida puede contribuir a la realización de proyectos de desarrollo orientados a superar la pobreza y la desigualdad recurrentes en la región?

Estos, por supuesto, no son los objetivos que animan a los chinos. La forma en que sus políticas se relacionarán con ellos dependerá de las condiciones vigentes en cada país, y de la acción más o menos informada, más o menos inteligente, de las fuerzas políticas comprometidas con estos fines en el continente.

*Tradução de Victor Farinelli

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